lunes, 18 de mayo de 2015

Henry Ramos Allup: ¿Cuál patria?

Aunque esta “revolución” destruyó todos los sistemas productivos y nos sumió en la peor de las ruinas nivel económico, político y social, Henry Ramos Allup afirma que “los gobiernos se terminan y los países no”.
Es en el campo económico donde se puede demostrar irrefutablemente el fracaso escandaloso del gobierno chavista, desde que el comandante eterno ascendió al poder hasta hoy, cuando el heredero quebrado tiene que dar bandazos sorteando estragos en medio de la ruina pero perseverando y empeorando disparates que es incapaz de enmendar.
En esta economía del horror, todo el nominalismo patriotero y la rimbombancia de las grandes frases de la retórica chavista se hacen añicos ante la indignación de la gente por su día a día de productos básicos y medicinas esenciales que no se consiguen, a lo que se añade el precio exorbitante para adquirirlos. Dos nuevas meritísimas profesiones que han de colmar el orgullo de esta malhadada revolución, el bachaqueo y el sub-bachaqueo, se han sumado a la multiplicación de la mendicidad, a la buhonería y a la aparición de las más inverosímiles modalidades de la economía informal en las vías públicas (puestos para llamadas por celulares, vendedores ambulantes de loterías y de todo tipo de chucherías, bebidas, frutas, comidas y objetos diversos, malabaristas, tragafuegos, mimos, payasos, músicos) patentizan lo que han hecho estos destructores sumergiendo al país en una ruina disolvente y en una degradación insoportable. No traigamos otros hechos también desesperantes como la inseguridad y el hampa desatada e impune, los apagones, la falta de agua, el colapso de todos los servicios públicos y la basura que ha convertido prácticamente a todo el país en un botadero infeccioso plagado de alimañas y pare de contar.
¿Podemos ufanarnos con la mentira autocompasiva y anestesiante que éste que tenemos ahora es el país más bello del mundo y que somos una esperanza? Si lo fuéramos, ésta, que históricamente había sido una tierra a la que venían a buscar vida, hogar y patria millones de inmigrantes necesitados de todas las latitudes, razas y religiones expatriados por necesidad, no se habría convertido en lo que hoy es: un país que se desangra a torrentes porque invalorable cantidad de talento, especialmente los jóvenes, se marchan por millares a buscar en otros países el futuro que el suyo les niega. La revolución nos convirtió en un país de emigrantes y a los que aquí nos quedamos nos dicen que al menos tenemos patria. ¿Cuál patria?
Veo el futuro con preocupación -no con pesimismo- porque es mucho más difícil reconstruir que construir, y si caímos en este abismo insondable habiéndolo tenido todo para haber triunfado, no será fácil, salir del degredo cuando nos queda muy poco. Poquísimo. Piénsese en lo que convirtieron PDVSA en la incalculable deuda pública, en los capitales e inversionistas que se fueron o que no permitieron venir, en la destrucción de las empresas básicas, en el desastre del sistema vial, en el de generación y distribución de electricidad, en el de agua y cloacas, en los hospitales, escuelas y liceos, en la quiebra del aparato productivo privado, en millares de industrias, fincas, inmuebles y unidades de producción saqueadas, invadidas, confiscadas, destazadas y destruidas por la rapacería revolucionaria, en el desánimo y la desesperanza de una economía colapsada, en la vileza de nuestra moneda, en la inflación, en el odio que le inocularon en el alma a millones de ciudadanos, en la perversión de los poderes públicos. La lista es en verdad aterradora. Pero los gobiernos se terminan y los países no.
Fuente: El Nuevo País

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