viernes, 31 de octubre de 2014

Vicente Gerbasi: Conversaciones autobiográficas, la dictadura



Vicente Gerbasi
Venezuela entera era una gran prisión. Yo una noche me atreví a entrar a un bar al salir de la Asociación de Escritores, en las esquinas de Velásquez a Miseria, con unos tragos, en plena dictadura de Pérez Jiménez. Habían dos mesas de dominó, es decir dos grupos que estaban jugando dominó y una gente en la barra, y yo entré diciendo: ¿Cuándo caerá ésta dictadura infernal que nos tiene preso a todos? Porque los presos no son únicamente los que están en Guasina, o en el Obispo, o en Puerto Cabello, o en la Modelo, sino que estamos todos presos en el país. La patria está presa, por un hombre imbécil, un maniático que se cree superior a los demás venezolanos. Así mismo dije yo. Todos se levantaron y me aplaudieron. No había ni un solo espía, si hubiera habido un espía todos hubiéramos caído presos. Eso es un asunto de la lotería, me gané el primer premio esa noche, o pegué el 31 en la ruleta.

A Chepino se lo llevaron preso. Estuvo un tiempo, primero unos ocho meses en la Seguridad Nacional, en, los sótanos de la Seguridad Nacional y una noche se llevaron a un grupo grande en unos camiones, en unos autobuses. Los llevaron esposados y se los llevaron a Bolívar, a la cárcel de Ciudad Bolívar.

Chepino fue convocado por Pedro Estrada en la mañana. Llegó a su casa y Ligia, su mujer, cuya familia tenía grandes contactos con Pedro Estrada, porque Ligia la esposa de mi hermano era ahijada de Pedro Estrada, porque eran de Güiria. Chepino fué a la Seguridad Nacional, cuenta su esposa Ligia, que se puso el saco en el brazo derecho, como siempre lo hacía y se fue. Será una entrevista común y corriente, dijo.

Se fue y no volvió hasta que cayó Pérez Jiménez. El me escribió unas cartas, unos papelitos que yo nunca pude contestarle, estando preso en los sótanos de la Seguridad Nacional. Me envió varios papelitos, habla con fulano, habla con Laureano Vallenilla Lanz, con Celestino Díaz. Yo hablé con todos ellos antes que él me lo dijera porque era lógico. Yo quería a mi hermano mucho, él tenía nueve años menos que yo. Yo nunca le contesté los papeles a Chepino, a mi hermano, porque no sabía si eso era una trampa para ponerme preso a mí también. Le mandaba a decir través de su esposa, quien si podía verlo, de cuando en cuando y Consuelo: Me han dicho que tú estarás en la cárcel hasta que mueras, o hasta que termine de mandar Pérez Jiménez. Entonces no te hagas ilusiones. Entonces aguántate en la cárcel. ¿Que es desagradable? ¿Que es terrible? ¿Que se vuelve uno loco? Que es inexplicable hablar de lo que es la cárcel. Yo he estado varias veces preso y es inexplicable la cárcel.

Mi madre vivía en mi casa, leía y bordaba. Yo podía manejar hasta Ciudad Bolívar, pero yo no quería darle una uña a la dictadura y le dije: Mire mamá, yo no la llevo a Ciudad Bolívar por muchas razones. Primero porque yo no le quiero hacer concesiones a la dictadura. Segundo porque a lo mejor me hacen preso allá por cualquier motivo, en el camino, cualquier cosa, y yo tengo tres hijos jóvenes y niños. De modo que no la voy a llevar a Ciudad Bolívar. Haga lo siguiente, tome un carrito.

Y mamá se fue en carrito. Llegó a la cárcel como a las seis, de la mañana y el jefe de la cárcel le dijo: Señora, qué viene a hacer aquí? Ah, yo vengo a ver a mi hijo que está preso. ¿Cuánto tiempo tiene preso su hijo? Un año y pico. Ajá, usted lo va a ver. ¿Quiere un café? ¡Como no!

Pasaron las seis de la mañana, pasaron las siete de la mañana, pasaron las ocho de la mañana, las nueve... ¿Quiere un poquito de café con leche? -

Pasaron las diez de la mañana. Mamá estaba desesperada, hambrienta. Tendría sesenta y cuatro años. Estaba vieja. Aunque yo tengo ahora setenta y tres años y la veo en aquel momento como joven. Pasaron las doce y por fin llegaron las cinco y media de la tarde. Mi mamá estaba sin comer nada. Le dijeron: Venga para que vea a su hijo, ahora sí lo va a ver.

Entonces le dio una gran alegría. Con una frialdad diabólica, casi lombrosiana el carcelero, le dijo: Pase hacia allá, hacia el patio. Vaya hacia esa reja, porque ahora los presos van a pasar al comedor.

Entonces mamá cuando regresó me dijo: Ah, hay un hombre muy flaco, flaquísimo que me saludó. Me hizo con la mano así, estaba como a cuarenta o cincuenta metros de la fila. Entonces mamá dijo: ¡No! Ese esqueleto que me saludó no era Chepino, el que me saludó fue un gordo que estaba más atrás. Ese esqueleto no era mi hijo. El que me saludo es un gordo que también me levanto la mano.

Cuando tumbamos a Pérez Jiménez, al salir yo de la Cárcel Modelo, donde estuve cuatro días preso por haber firmado el Manifiesto de 1os Intelectuales, a mí me llamaron de Ciudad Bolívar, muy temprano, ese mismo 23 de Enero, qué curioso de la Cervecería Caracas! Yo me estaba echando unos palos desde la seis de la mañana. Yo salí a las cuatro de la mañana, todo el mundo estaba bebiendo caña. Entonces me llamaron y me dicen: Su hermano no puede salir hoy porque hay una orden. Saldrá mañana y llegará a las tres y media de la tarde a Maiquetía en un vuelo de Aeropostal. Nosotros fuimos todos. Esos fueron unos días muy atribulados, muy dinámicos políticamente.

Yo fui al bombardeo de la Seguridad Nacional. Vi como salieron Miguel Otero Silva y otra gente que estaba en los sótanos. El ejército bombardeaba a la Seguridad Nacional, eso si cuidando a los presos. Estábamos Augusto Payares, Raúl Oyarzábal, un hombre muy fornido, y yo. Al día siguiente fuimos a Maiquetía. Yo le dije a mi mamá, a Consuelo, a Ligia, a los hijos, a mis hermanas: No lloren porque si lloran lo van a poner triste y él viene de la tristeza, viene de la cárcel viene del sufrimiento y se va a poner a llorar. El no conocía a su último hijo. No lloren, por favor!

Pero cuando yo estoy ahí esperando, viendo bajar a la gente y pienso, Chepino no sale y me dije, mira aquí bajó todo el mundo y Chepino no ha salido, a lo mejor tomó otro avión. Pero como a metro y medio de mí, vi a un esqueleto, se abalanza y me abraza y entonces yo me fuí corriendo y me metí en un baño a llorar, los demás no lloraron. Era un esqueleto. Y así como salió como un esqueleto, a los quince días ya parecía un cochinito listo para meterlo al horno. Los hijos no lo conocían, le tenían miedo.

En ese mismo avión también venían Manuel Fombona y Guillermo Sucre. Había muchos aviones. Al lado del carro nuestro, Ignacita y Manuel Fombona se pusieron a bailar, daban saltos de alegría. ¿Qué cosas contó Chepino de la cárcel? Nada, ellos juraron no contar nada, ninguno de los que estuvo en Ciudad Bolívar dijo nada. Ellos juraron no decir nada. Kiko Sucre estuvo ahí. Lucio Bruni Celli estuvo ahí y no dijeron una palabra. ¿Qué misterio existe en ese problema? no lo sé. Los comunistas, los urredistas, los adecos, los militares, no dijeron nada.

¿Cómo fueron los días del 23 de Enero? Pérez Jiménez convoca al plebiscito, y cuando lo convoca desde mediados de año comienzan las huelgas populares, estudiantiles, etc.

Durante todo el año 57, nosotros nos reuníamos, Augusto Payares de la Torre, Eddie Morales Crespo, Cheíto Herrera Oropeza, Oscar Alvarez Beria, Raúl Oyarzábal, en casa de Oscar Alvarez Beria. El estaba en la Escuela de la Guardia Nacional. Ahí ya se estaba formando la conspiración entre militares y civiles. El Dr. Edgar Sanabria, el Flaco, después Presidente Interino de la República. Estaba también José Luis Salcedo Bastardo. Nos invitaban Alvarez Beria y Morales Crespo a dar conferencias en la Escuela de Formación de Oficiales de la Guardia Nacional, conferencias sobre Bolívar, sobre la Independencia, pero cada quien, cada conferencista le daba a su conferencia su tonalidad democrática, su tonalidad libertaria a los jóvenes de la Guardia Nacional y así lo hacia otra gente en otras escuelas militares. Alvarez Beria era uno de los más activos, en esa época andaba tras la destrucción de la dictadura y tras la construcción de un sistema moderno democrático venezolano. Hacíamos reuniones en su casa y una noche yo me equivoqué. Llegó un señor gafo y comenzó a preguntarme sobre Pérez Jiménez, yo le dije: Yo no sé nada sobre Pérez Jiménez, él es el Presidente de la República.

Le pregunté a Alvarez Beria: ¿quién es ese señor que está preguntando sobre Pérez Jiménez? ¿Este no será un espía que tienes aquí en tu casa? Entonces me dijo: No! Ese es mi cuñado, lo que pasa es que es loco. Era completamente gafo.

Nuestra segunda casa era el diario El Nacional, con todos los intelectuales. Con Miguel Otero silva, con Oscar Guaramato, con Bastidas que todavía estaba bien de salud y se escondía mucho en mi casa, con José Nucete Sardi.

La primera noticia que tuve sobre un golpe de Estado fue más o menos en el mes de octubre o noviembre de 1957. Yo era vendedor de terrenos de una compañía que se llamaba Rendiles y Armand. Vendía terrenos en el Limón, en Maracay. Ellos me nombraron vendedor de los terrenos de Sebucán. Eso lo inicié yo, pero no se vendió ningún terreno. Publicaron avisos de páginas enteras en los periódicos. Me dijeron: Tienes que estar aquí a las seis de la mañana. Teníamos un jefe de relaciones públicas. Yo además les decoré la oficina a ellos, yo ganaba por la decoración, yo me defendía mucho, era un hombre muy activo en la época de Pérez Jiménez. Pero en los últimos diez meses no había ganado nada y le estaba debiendo unos reales a los portugueses del abastos. Al salir, yo tenía mi Vauxhall, encuentro en el parabrisas un papelito que decía: “Pueblo de Venezuela, mantente alerta porque de un momento a otro habrá un golpe de Estado para restituirle a la Patria su democracia, la Democracia.”

Lo cierto es que me fui a Sebucán donde teníamos una oficinita de madera muy bien organizada con fotos, tabiques. Yo fui el primero que llegó, tenía llave. Entonces llegó Rendiles, luego Armand y por último llega un gran periodista cumanés que había tenido una gran aventura. Había sido gomecista, derechista, perejimenista, pero buena gente, lo tenían ahí para defenderse. Ellos eran adecos, pero eran comerciantes. Aquí está este papel, les dije. Y ese perezjimenista, gran periodista de la escuela de La Esfera dijo: Aquí comienza el toro e defenderse de los capotazos del torero. Esa frase no se me olvida a mí mis nunca, que maravilla de frase.

A los pocos días, yo no vendí ni un sólo terreno, no vendimos nada, ni Armand, ni Rendiles, quienes eran unos maestro en ventas, ni yo. A mí antes me habían dado una placa como primer vendedor. Vendí siete terrenos en un sólo día en el Limón, en Maracay. Eso lo vendí un domingo. Me llevé una caravana de españoles que tenían imprenta y cosas de esas. Yo tenía un terreno y lo perdí. Me dicen Rendiles y Armand: Este papelito es terrible. Pero vuelve a decir aquel periodista que no era tan perezjimenísta, volvió a repetir la frase del torero. No vendimos ni un terreno porque eso circuló en toda Caracas en una forma impresionante. Dijimos, esto tiene fuerza, una gran fuerza.

Ocurre lo siguiente: al día siguiente volví y no vendí nada. Pasaron quince días y no vendí nada. Todo quedó frío con aquel papelito que hablaba del golpe. Eso era más o menos en octubre del año cincuenta y siete. Como a los quince días tuvimos los escritores, no sé con que motivo, yo creo que con ese motivo, una cena en el Restaurant El Palmar, cerca de Sears, ahora Maxy's.

Entonces, nos echamos unos palos, José Ramón Medina no toma. Ese Restaurant tenía un parquecito afuera, eso es inolvidable. Me dice José Ramón Medina: Hay un manifiesto de los intelectuales en contra del sistema dictatorial, Vicente, ¿Tú lo firmas? Cómo no! Indudablemente, siempre que lo firme primero Monseñor Quintero y Eugenio Mendoza. Y después todos dijeron lo mismo.

José Ramón Medina me preguntó: ¿Tú no lo vas a firmar de primero? ¡No! Voy a esperar que vengan otras firmas. Lo firmo siempre que lo firme primero Monseñor Quintero y Eugenio Mendoza. El día que lo firmen ellos dos yo lo firmo de tercero. ¡Ah! Yo también, yo lo firmo de cuarto. Estamos de acuerdo. Pero, sin embargo, si tú quieres, para dar el ejemplo, yo lo firmo de primero. Es que yo no soy una primera figura. Está Mariano Picón Salas, por ejemplo. Están otros más viejos. Yo estoy de acuerdo en firmar eso Inmediatamente.

José Ramón Medina me lo quitó diciendo: Es la verdad no nos expongamos a carcelazos inútiles. El es un hombre muy serio, muy honesto. Eso lo sabe todo el mundo. Por eso José Ramón Medina ha ocupado unos cargos muy honorables.

Pasó el tiempo, pasaron unos meses y nos estábamos reuniendo en el diario El Nacional, donde realmente estaba la macolla, gran parte de la Junta Patriótica. Ahí estaban Fabricio Ojeda, Mariano Picón Salas, Moisés Gamero. Pasó el tiempo y vino el primero de Enero. Ese día fue curioso. Nosotros que teníamos unos ojos de águila para ver los movimientos, a través de la televisión, a través del oído, de la conversación, éramos muy zamarros, éramos una especie de zorros. Estábamos todos alertas, todos en plena acción. Diez años de sufrimientos, de persecuciones. Vimos en el acto del 31 en la noche que Pérez Jiménez, cuando se dirigió a la nación, ese bruto, cuando estaba hablando, unos militares, unos edecanes, dándose codazos y riéndose. A nosotros eso nos extrañó muchísimo, ese acto que hace todo Presidente el 31 en la noche, o lo hacía Pérez Jiménez. Cuando nosotros vimos que Pérez Jiménez estaba hablando y sus edecanes se dieron unos codazos, instantáneamente pensé, esos codazos no son normales son irrespetuosos, lo que quiere decir que a este hombre le perdieron el respeto y que algo hay detrás de este asunto. Nosotros nos acostamos muy tranquilos.

Entre esas cosas había un espía en mi casa, Chéché Recao Leáñez. A él le había hecho yo un regalo y él me había hecho un regalo a mí. Yo sabía que él era espía. Vivía en la planta baja del edificio. Me tomé unos tragos como hasta las cuatro de la mañana, en la casa, con los amigos, con la familia. A las cinco y media de la mañana se oyen los aviones. Dije aquí hay una cuestión, una cuestión importante. Era un alzamiento de la aviación. Ahí llegó el espía Recao Leáñez. Yo no quería levantarme porque el ratón era tan grande que no me podía levantar, no me entusiasmaba el golpe de Estado, en ese estado. Pensaba: que lo den mañana. Viene el muchacho este, Recao Leáñez y le pregunto: ¿Qué pasa con esos aviones? Es que se alzó la aviación y los aviones que están sobrevolando Caracas son de Maracay y de otras bases. Bueno dime lo que pasa, tú tienes una radio especial. Sí, sí aquí la tengo. El tipo era una espía estúpido. Era un espía malo. No, muy bueno porque era buena gente, nos ayudaba, era buena persona. Un muchacho que ganaba un sueldito en la Seguridad Nacional. A mí me tenía gran cariño, pero me espiaba. Pero yo soy un zorro, yo aprendí con Rómulo Betancourt. No me iba a dejar chivatear por un pobre diablo.

Ocurre que pasó el día. Una amiga que era perezjimenísta, me llamó por teléfono y me dijo: Ven a buscarme a mi casa. Ella vivía en el Silencio. Ella tenía una muchacha que la ayudaba en el servicio. y cuando yo pasé entre los aviones y el tiroteo, el ratón apartaba los tiros. Me metí a buscarla. Llegué y me paré en el centro del tiroteo. Bajaron con unas maletas, la empleada y un canario en una jaula. Bueno, nos devolvemos y vamos otra vez para mi casa, con aquella señora enfurecida porque estaban tumbando a su jefe. Hirieron a dos aviones en las alas y esos aviones tuvieron que aterrizar en Maiquetía. Yo me encontré luego con esos aviadores en la Modelo. En Maiquetía los pusieron presos y otros huyeron para Barranquilla. Otros aterrizaron en Maracay y también los pusieron presos. Fue todo el día una batalla aérea sobre Caracas, con ametralladoras antiaéreas. Todo el día se vio y se oyó el tiroteo. Se presentó Arístides Bastidas a las nueve de la mañana dijo: Me vengo a esconder. El pertenecía al Partido Comunista. Pero se escondía muy mal porque yo era conocido como adeco. Lo que pasaba es que él tenía mucha suerte.

Derrotaron a los aviadores. No respondieron los civiles. Eso lo podrían contar bien los militares, porque yo no sé contar bien eso, no conozco bien la historia. Los aviadores que eran los héroes de ese día se tuvieron que ir unos a Colombia, otros para la cárcel y otros para Maracay donde también los pusieron presos.

A mi casa llegaron otras personas. Llegó Otto de Sola y su mujer. Esta amiga decía: A Pérez Jiménez no lo tumba nadie. Pues mira, sí lo van a tumbar, dijo Arístides Bastidas, y se formó una tremenda discusión entres Bastidas y mi amiga.

A las siete de la noche el gobierno ordenó que se apagaran todas las luces de la ciudad, pero esta amiga me dice: Llévame a mi casa, porque esta gente sigue mandando. La llevé a ella, a la muchacha y a su canario, en una oscuridad inmensa, sin permiso de ninguna especie.

Me dice Arístides Bastidas: Vamos a visitar a un escritor, que encontramos acostado en una hamaca, y ahí estaba Aquiles Nazoa. Quedaba en Catia y regresamos como a la once de la noche. Y Arístides Bastidas durmió esa noche y otras más en mi casa. La revolución había fracasado.

Entre el 1 y el 23 de Enero es cuando se fabrica el gran golpe de Estado, la gran huelga general contra Pérez Jiménez. Intervinieron los militares, los civiles. Se unieron todos los partidos.

Yo andaba con Augusto Payares de la Torre y Raúl Oyarzáabal. Eramos la tripleta. Nos fuimos a casa de la amiga. La táctica fue la siguiente. Cerrar todas la bocacalles que llegaran a El Silencio Con carros que vendían Coca Cola, cerveza. Llegó la policía. Había gente peleando, muertos. Siempre reunidos en El Nacional. Entonces dijimos: Vamos a salir.

Salimos y había mucho plomo, unos al aire y otros a matar. Estaba la Cruz Roja. Ocurre que nosotros nos fuimos a El Silencio y vimos como estaban cerradas las bocacalles. Habían unas grandes manifestaciones y la policía no podía usar sino armas de fuego y bombas lacrimógenas, plan de machete, etc. Cuando Comenzó la plomazón dijimos: Vamos a meternos en casa de mi amiga. Le tocamos la puerta y dijo: ¡Aquí no entra nadie! Estoy aquí Con Augusto Payares de la Torre y Raúl Oyarzábal, le dije. ¡Aquí no entra nadie!

Entonces nos devolvimos. Vamos a utilizar la siguiente táctica, dije. Vamos con las manos detrás de la espalda como quien va conversando en este zaperoco. Y pasaba la gente con ametralladoras, y decían: Aquí hay tres señores que van saliendo del trabajo. Y no se metieron Con nosotros, con las manos atrás, tranquilos mientras la gente se mataba. Y fuimos a la base que era El Nacional. Había machetes ensangrentados, muertos en las calles, heridos, ambulancias. Llegamos a El Nacional y nos echamos una rasca hasta la una o dos de la mañana. Había toque de queda y cuando me pararon yo dije que era redactor de El Nacional, lo cual era la peor garantía. Así comenzó la huelga. Al día siguiente caí preso, el 17 de Enero de 1958.

A mí me dio la gana de caer preso. Don Pepe Nucete Sardi le había dicho a Consuelo: “Consuelo, que se entregue Vicente porque ya quitaron a Pedro Estrada. A mí me puso preso el nuevo Director de la Seguridad Nacional y me sacó”. Al día siguiente Consuelo me contó todo lo que le había dicho Don Pepe y yo dije: Me entrego mañana.

Yo por mi parte convencí a Eddie Morales Crespo que nos entregáramos. Le dije: Vamos a entregarnos porque yo no sirvo para estar perseguido. O preso o libre, pero no perseguido. A mí no me gusta estar escondido. Vamos a presentarnos en la Seguridad Nacional. Entonces Eddie Morales Crespo, un hombre sumamente inteligente, extraordinario me dijo: Tú tienes razón. Yo me entregué con Eddie.

Eso tiene un motivo que lo sé yo. La Junta Patriótica había decidido que mientras más presos políticos distinguidos hubiere, más se le complicaba la situación al gobierno. Y así fue. Consuelo, mi esposa, explica: “Pero los dos cometieron una tontería muy grande porque cuando llegaron los hombres que habían buscado a Vicente todo el tiempo, a Vicente lo habían tenido esa noche hasta las doce de la noche. Entonces Vicente me llama a la una de la mañana y me pregunta: ¿Hay gente ahorita en la casa? Le respondí: no, no hay nadie. Entonces Vicente entró a casa. Pero por la mañana me dice: yo me voy a entregar. Se había puesto de acuerdo con Morales Crespo. Entonces se levantó muy temprano, se afeitó, se les puso el desayuno, con huevos fritos, tocinetas y salieron los dos a entregarse, como a las diez de la mañana. Pero lo mas gracioso es que cuando el día anterior llega la citación yo quería firmarla. Entonces me dice Beatriz: no denme ese gusto, que eso lo firmo yo. Beatriz estaba muy jovencita. Le dije: fírmalo tú. Firmó la citación. Beatriz insultó al espía y yo estaba muriéndome del susto. Vicente, al ver la citación dijo: Yo mañana me entrego.”

Consuelo continúa explicando: “Eddie y Vicente se entregaron porque ya había dicho Nucete Sardi que no les iba a pasar nada porque había un nuevo Director de la Seguridad Nacional y, quien, según Nucete Sardi, era muy bueno porque lo había soltado. Al llegar Vicente con Eddie le sacan lo de Chepino y le hacen una ficha. Entonces el hombre le cae a golpes y le dice: “Así se trata a la gente que es enemiga del gobierno de Pérez Jiménez”. Y a Eddie, un amigo, hace que lo suelten a la media hora. A Vicente le hacen una ficha larguísima, porque su hermano estaba preso por haber querido matar, según ellos, a Pérez Jiménez.”.

Nos fuimos temprano. Voy a contar esto detalle por detalle porque es interesante. Nos presentamos a la Seguridad Nacional y nos preguntaron: ¿Qué vienen a hacer aquí? Bueno, nosotros tenemos una citación, les dije yo. Ah Uds. son los que firmaron un documento. ¿Cual documento? El de los intelectuales. Ud. ¿Como se llama? Vicente Gerbasi. ¿Y usted? Eddie Morales Crespo. Pasen.

Nos metieron en una oficina donde había dos mecanógrafos, y unos cinco asientos. Yo me senté al lado de Eddie y en eso comenzó a mover el pie. Yo estaba caliente porque teníamos tantas presiones. Ya no tenía miedo. Toda la familia presa. Los hermanos, mi cuñado perseguido. Además yo estaba cansado de trabajar en la calle como esclavo. Humberto Celli, mi sobrino, también ya estaba, metido. Ese es un político, ese puede ser Presidente de la República, o el otro, Oscar Raúl. Dos oradores fundamentalmente buenos, inteligentes, son una aguja, son terribles y son honestos, son maravillosos. Han sido consecuentes con sus padres, con su madre, con sus tíos, tías, con todos, con el Partido Acción Democrática. Además son estudiosos. Son muchachos de una honestidad a toda prueba. Entonces se merecen una posición en la política nacional. Y si ellos son políticos, ejercen la política pues que busquen la Presidencia de la República, y si no la encuentran, eso es cosa del destino.

Eddie, ¿tú tienes miedo?, le dije. No chico, sólo estoy moviendo la pierna. ¿Tú has visto a un caroreño con miedo? Me preguntó. No.

Nos estaban tomando la ficha. Vicente Gerbasi, nacido en Canoabo, Distrito Bejuma, Estado Carabobo. Profesión: Periodista. Partido político al cual pertenece: Ninguno. Estaba uno loco si decía que pertenecía a algún partido o simpatizaba con algún partido. Antes de irse mi adorado y querido amigo Eddie Morales Crespo, inteligente, gran señor, gran caballero, humilde, de la pobreza de Carora, la madre era una india campesinita, el papá era barbero y él un gran hombre. Yo lo veía, por ejemplo, en la estación de Cornavin, en Ginebra, cuando yo venía de un sitio en Europa y él de otro. Como si fuéramos dos Napoleones levantábamos una botella de whisky.

Esa es la amistad más grande que ha existido, porque Otto de Sola fue gran amigo mío, pero como Eddie era imposible, porque era un hombre que tenía un poder y también lo tenía Otto. Otto tenía un gran poder. Como Neruda que también tenía un gran poder. Como lo tengo yo. Entonces, ¿por qué éramos amigos? Porque teníamos un poder de atracción mutua. Una amistad tremenda, grande.

Llegó Miguel Silvio Sanz, el Negro Sanz, llegó sin saco con la camisa abierta y se sienta y dice: Ah, estos son dos de los que firmaron el Manifiesto de los Intelectuales. Ah! Vicente Gerbasi y Eddie Morales Crespo. Para el Obispo! Llévenlos al Obispo. Gritó.

Miguel Silvio Sanz era un hombre grandote de gran papada, descamisado, gordote. Se sentó en una forma muy deportiva, creyendo que iba a gobernar toda la vida.

En ese momento pasa por casualidad por el corredorcito un amigo de Eddie, que había sido profesor o compañero de estudios de él. ¿Pero que hacía ese señor tan temprano en la Seguridad Nacional?, me pregunté. Yo mas nunca lo he vuelto a ver, ni 1o quiero ver. En el Hipódromo hay una carrera de caballos dedicada a él. Este país es increíble.

Terminaron los datos y ahí fue cuando se presentó el conocido nuestro. El espía que tenía mas poder que el Negro Sanz. Lo llamó con el dedo y le dije: Eddie te salvaste porque ese es espía.

Entre tanto, Consuelo cuenta que Marucha la llama como a las diez de la mañana y le dice: Consuelo soltaron a Eddie, pero a Vicente lo dejaron, se lo llevaron para el Obispo. Porque habían dicho que iban a trasladarlo al Obispo, pero por el camino Vicente se dio cuenta que lo trasladaban a la Modelo. Eddie desesperado, con la angustia de que habían dejado a su amigo ahí hizo que me llamara Marucha. Pero al rato entran las hijas de Nucete Sardi a quien adoro, la primera que entra es Ligia, y me dice ¿Ya? y yo le dije, ya. Eso significaba que Vicente estaba preso.

Aquí viene mi crónica de la caída de Pérez Jiménez, vista desde la cárcel, que es muy distinto a verlo desde afuera. Cuando a mí me dejaron en la Seguridad Nacional, habiendo soltado a Eddie Morales Crespo, dice Miguel Silvio Sanz: Lleven a este para el Obispo. Llegaron cuatro o seis hombres, espías con ametralladoras y uno con un revolver nada más. Como si yo fuera Al Capone. Me llevaron a un sótano. Pasamos por un pasillo donde había varios calabozos abiertos y otros cerrados, los que estaban cerrados tenían gente y uno de ellos con pinta de boxeador me agarra por la solapa me empuja contra la pared y me dice: Vea hacia adentro, vea hacia el calabozo. Si, lo estoy viendo. Ve lo que tiene. ¿Qué tiene? Pues tiene ruedas de Bicicletas, tuercas de bicicleta, manubrios de bicicleta, esos son todos desechos de bicicleta. Pero no me apriete mucho porque me está ahogando. Pues ahí en esos desperdicios de bicicleta duermen quienes quieren tumbar al Presidente de la República, el General Marcos Pérez Jiménez. Y me golpeó la cabeza contra la pared y la base del cerebro me dolió. Usted no me ha fracturado el cerebro de casualidad, le dije. Es que debería hacerlo, me respondió.

Me metieron luego en una camioneta. Entonces pasamos por El Silencio, por San Martín. Yo conocía el Obispo, había estado preso ahí. Tres meses, también en la época de Pérez Jiménez y luego había estado dos o tres veces mas pero por períodos más cortos. Yo le tenía pavor a El Obispo. La Modelo estaba en Pro Patria y atrás estaba el cuartel Urdaneta. Bueno, entonces yo me dije no vamos para El Obispo, me llevan para la Modelo o me llevan a fusilar. Afortunadamente me llevaron a la Modelo, sí, porque ellos también fusilaban a mucha gente. Gracias a Dios ya no había gobierno. Pérez Jiménez estaba derrotado. Entonces llegamos a la Modelo. El jefe de la cárcel era un doctor de apellido Bastidas. Era un hombre que a mí me parece que era buena persona. Tanto es así, que por remordimiento se suicidó la misma mañana del 23 de enero, al igual que el de la cárcel de Ciudad Bolívar. Yo creo que una gente que se suicide por haber mantenido gente presa, por orden de un jefe superior, ese hombre es sincero. Ese hombre había acumulado un inmenso reservorio de sufrimiento y lo soltó de un tiro en la sien. Si no se hubiera suicidado de todas maneras lo hubieran linchado. O bien era muy sincero o bien era muy valiente. O era muy bondadoso o bien era muy valiente. Pero yo lo que creo es que era bondadoso. Llegamos allí. Yo tenía unos cien bolívares. Consuelo me llevó una cobija, una almohada, remedios. Ocurre que este Bastidas que es Director de la cárcel me dice: A usted lo voy a poner en el mejor lugar, en un lugar privilegiado. El lugar de los intelectuales. Y había tantos calabozos en la larga fila de corredores de la cárcel Modelo como letras tiene el alfabeto, de la A hasta la Z. Y en cada calabozo había cuatro camas en forma de literas.

La maldad estaba ahí. Aquí está preso uno de los aviadores que aterrizó en Maiquetía Ese aviador, un Tarzán, un muchacho de esos venezolanos mestizos, bien macizo.

Entonces seguimos caminando y de pronto me dice: En este calabozo se va a quedar usted. Ahí estaban Enrique Velutini, Julio Diez y un señor que trabajaba en el banco de Pérez Dupuy. Enrique Velutini, que fue gobernador de Caracas, Julio Diez, este señor y yo que era el cuarto. En otros calabozos había muchos amigos. Recuerdo a Oscar Guaramato, Héctor Alcalá, que tenía seis meses ahí y había hecho un aguardiente de naranja (ver libro de Guido Acuña "Cuando Mataron a Ruiz Pineda", pág. 498). En el último calabozo había otro aviador, también como el otro, en calzoncillos, otro Tarzán joven.

A la hora del almuerzo soltaban a los tarzanes estos que andaban como unos monos, como unos kingkones y me preguntaron: Como va la cosa ahí afuera? Muy bien! les respondí enfáticamente. Ellos lo hicieron porque yo tenía cara de joven. Yo era uno de los más jóvenes, tendría unos cuarenta años.

Dentro de las cosas más preciosas de este asunto es que a las tres de la mañana abren el rastrillo, tal como se llamaba antiguamente la cárcel famosa de Caracas. Yo las conocí todas. Lo cierto es que las conocí a todas. Estaba cinco días, un mes, tres meses. Conocí también todas las jefaturas civiles. Abren el rastrillo. ¿Qué pasará? pregunto. Todos estábamos despiertos. Era el día 20 de enero, era la vigilia de la huelga general. Entonces nadie dormía. Al frente había unas colinas, las de Pro Patria. Entonces nosotros vimos en Pro Patria, había unas casas y fundamentalmente montañas con peñascos, con unos árboles y vimos algunas personas que subían la montaña y parecía a lo lejos que llevaban armas o es el ejército o son los revolucionarios, el pueblo.

Nosotros pensábamos más que era el pueblo porque teníamos un entusiasmo adorable por la revolución. Pero posiblemente eran de la Seguridad Nacional. Pero es que la Seguridad Nacional estaba toda desbaratada porque no tenía nada que hacer. A las tres de la mañana abrieron el rastrillo, la puerta de hierro y todos los que estábamos ahí, Enrique Velutini, Julio Diez, el otro y yo y dijimos: ¿Quién será el que viene ahí? Y oímos una voz que dice: ¿Dónde está la cama de Julio Diez? Está en este calabozo, letra tal. Qué grato es oír en momentos como este una voz agradable y conocida. Me contesta la voz. Tú eres Arturo Uslar Pietri, dije. Y tú eres Vicente Gerbasi, me contestó. ¿Quién será ese gran enemigo que me quiere matar? preguntó Julio Diez y se lo llevaron y no lo mataron de casualidad.

Hola! dijo Arturo. Se encontró con su pariente Velutini y el otro parece que también era pariente. Yo estaba metido en el calabozo de los aristócratas. No dormimos nada, no se dormía nada. Toda la noche la pasamos hablando. A las cinco de la mañana. Yo tenía unas úlceras en la ingle que posteriormente me operaron en Chile. Al día siguiente comienza la huelga general. Comenzaron a sonar a las doce del día todas las sirenas y las campanas de Caracas. Nosotros estábamos en la última hilera de calabozos, con un pequeño patio de por medio, donde había matas de cambures y después una azotea donde la Guardia Nacional tenía en la esquina una atalaya. Guardias Nacionales con ametralladoras, armados hasta los dientes. Teníamos una baranda viendo hacia abajo, pero vino en la mañana un oficial que era así como coronel que venía armado en esta forma: una ametralladora en la mano y cuatro granadas de mano en el cinto. Buenos días coronel. ¿Cómo está usted?, dije. De pronto nos sorprendimos cuando nos dijo: No se preocupen, todo está bien, todo está marchando bien. Ustedes van a salir muy pronto, no se preocupen. Y él dirigía el cuartel, todo el cuartel. El era el jefe del cuartel. Cuando nos dijo eso nosotros pensamos: esto se compuso!

Después vino la huelga, oímos las campanas y las sirenas. Vimos desde la baranda de ese segundo piso que daba al pequeño patio y después a la azotea que da a la calle, vimos entrar a centenares de personas heridas de bala, heridas de planazos y chiporrazos. Llegaron cuarenta o cincuenta personas y había unas mujeres que tenían unos baldes con árnica y les dijeron: Quítense las camisas Porque estaban todos aporreados y sangrando y les echaban el agua con árnica encima y les decían: Pa' dentro.

Otros venían heridos de bala, a esos los pasaban a la enfermería o si no los mandaban a la Cruz Roja. Ahí noté yo que Arturo Uslar Pietri siempre ha tenido don de mando. Llegaron unos cuantos muchachos en fila y les iban a hacer lo mismo, a darle planazos ya ponerle árnica y les dijo: Guardias, quiten a esos cuatro muchachos que se llaman, fulano, fulano y zutano, y que los hagan subir para acá que son amigos míos. Yo soy el doctor Arturo Uslar Pietri. Como no. Le dijeron. Ellos sabían quien era Uslar Pietri. ¡Dejen quietos a esos muchachos y que suban a este piso! Y los muchachos subieron. Eran los hijos de Monseñor Márquez Cañizales.

Esa tarde Arturo Uslar Pietri, Velutini y yo, con Oscar Guaramato, acostado boca abajo, arrimándose mucho hacia la pared, leyendo un libro y nosotros de cuando en cuando arrinconándonos en el calabozo porque había mucho plomo. Al día siguiente el doctor Bastidas dijo: Ustedes van a pasar a la enfermería, con excepción de los dos aviadores que se van a quedar aquí incomunicados.

Entonces fuimos a la enfermería. En la prisión ocurría esto, nos pusieron en la enfermería, un patio como de cien metros. Allí había cuatro calabozos separados, muy pequeños. Dos estaban desocupados, cerrados, no había nadie y en los otros dos había dos presos comunes, criminales que tenían radio, les permitían tener radio. Había otro calabozo aparte donde estaba mi querido amigo y gran señor Héctor Alcalá. Al lado de este asunto hay un inmenso dormitorio, también tan grande como el mismo espacio que describí antes, como de 20 metros de largo por 30 metros de ancho, con camas unas al lado de la otra. Ahí nos metieron a nosotros a dormir. El mismo día que nos pasaron a la enfermería nosotros nos pusimos a jugar dominó. Nos pasaron a los escritores, a los intelectuales. Pusimos unos barriles, unas cajas y el Director de la cárcel, por eso yo digo que él tenía cierto interés humano por complacernos, en que nosotros no pasáramos las cosas tan mal, nos prestó unos juegos de dominó y pusimos unas tablas sobre unos barriles y montamos tres o cuatro partidas de dominó. En ese momento se alzó el cuartel Urdaneta y comenzó un bombardeo y una metralla, porque parece que venía avanzando algo.

Aquel Coronel que habíamos visto nosotros y que nos había dicho dos o tres días antes no nos preocupáramos, que todo estaba bien, que nos dio gran aliento estaba dando órdenes. Si disparan contra nosotros no respondan.

Nosotros estábamos abajo y ellos arriba. Del cuartel Urdaneta estaban disparando con cañones, con morteros. Yo vi caer una casa. Habían desalojado a los habitantes de esos sitios y el gobierno se había metido en ella. Nosotros estábamos jugando dominó.

Uno tenía sangre fría para esas cosas, palabra de honor. Cuando me encuentro frente al peligro no me asusto. Me asusta lo que puede suceder, pero cuando está sucediendo no me asusta. Me parezco a Sartre y a Camus que dice que hay que dejarse arrastrar por las circunstancias. Eso es lo correcto, tenían razón los dos, tanto Sartre como Camus.

Si disparan no respondan, dijo el Coronel, un andino, delgado de contextura, con su ametralladora y cuatro granadas de mano al cinto.

Mientras jugábamos domino Arturo Uslar Pietri andaba como San Francisco de Asís, leyendo un libro alrededor de las paredes, dando largos viajes por las paredes y nos dice: Los que está ahí en el centro cuídense porque puede explotar una bomba ahí, eso es demasiado peligroso. Están jugando dominó en un tiroteo, en un bombardeo.

Terminó el fuego y nosotros terminamos nuestro juego de dominó con la mayor tranquilidad. Pero parece que si Pérez Jiménez no caía a nosotros nos iban a fusilar, lo estaban diciendo por televisión. A Miguel Otero Silva, a Arturo Uslar Pietri, a Julio Diez, a mí y a otros más. Uno se puede morir de un tiro, uno se puede morir de un infarto, uno se puede morir de todo. Se muere de no morir y se muere como dice Jorge Manrique " Va a nadar a la mar y piensa en morir”.

Le digo a Arturo: Estoy pensando lo siguiente, si Pérez Jiménez no cae a todos nosotros nos van a matar o nos vamos a quedar presos, nos van a llevar a un campo de concentración o algo así. Sí claro, Vicente, tienes razón.

Bueno entonces vamos a hacer lo siguiente, vamos a organizar un programa cultural, un programa de charlas, un programa de conferencias, de conversaciones. Yo, por ejemplo, no soy conferencista, en cambio tú eres un gran conferencista. Tú debes ser el primero, tú debes ser el que va a dictar la primera conferencia. Le dijimos ésto a los demás presos. Yo se lo dije personalmente a Héctor Alcalá, viejo adeco que tenía unos seis u ocho meses en la cárcel Modelo, tanto es así que había hecho un aguardiente de naranja y de piña.

Nos sentamos en las cajas donde antes habíamos jugado dominó y dice Héctor Alcalá: Doctor Uslar, usted que va a dictar la primera conferencia de este programa que ha propuesto Vicente Gerbasi, yo quisiera saber, como adeco que soy. Y esa fue la primera vez durante la dictadura de Pérez Jiménez que yo oí que alguien decía en público que era adeco. Si, yo lo digo, repitió Héctor Alcalá. Eso es una demostración de valentía, de sinceridad. Dijo Arturo. Yo también soy adeco, dije yo. Es realmente emocionante que haya personas tan sinceras en un momento tan peligroso como este y esto es muy valioso. Volvió a decir Arturo.

Entonces Héctor Alcalá continuó su pregunta, que se refería a qué pasaba en el momento en que Medina comenzaba a pensar en la sucesión presidencial.

-Yo en ese momento era Secretario General de la Presidencia de la República y tengo un libro escrito que lo publicaré después de mi muerte. Le he dicho a mis hijos que lo publiquen después que yo muera. Entonces Arturo contó la historia sobre la candidatura presidencial. Yo no la recuerdo con precisión, por eso no la cuento. Eso la cuenta Arturo Uslar Pietri en sus memorias que aparecerán después que él muera.

Esa noche nos llevaron manjares, porque permitían que nos llevaran comida y seguimos hablando. Arturo no dejaba de hablar. A las ocho en punto de la noche una voz, desde el pasillo, dijo: A dormir, todo el mundo a dormir.

Lo cierto es que a Guaramato le tocaba dormir junto a la pared que tenía un afiche de la Virgen del Coromoto y como él es medio ateo le dije: No quites esa Virgen de ahí porque tú eres el primero que va a salir de aquí. No la quites. Al caer Pérez Jiménez él salió corriendo, es impresionante realmente.

Nos acostamos y Arturo dice: Caramba, nos ponen a dormir a las ocho de la noche cuando uno puede estar conversando. Pues yo no voy a dejar de conversar. Esperemos que esta noche no ocurra lo que ocurrió en Bolivia con el General Melgarejo.

¿Qué pasó en Bolivia?, le pregunté yo a Arturo que estaba lejos con su pariente Velutini. Ellos habían puesto sus camas juntas. Eramos como cuarenta presos ahí.

A finales del siglo pasado o a principio de este siglo, creo que comenzó diciendo Arturo, el General Melgarejo, quien era presidente de Bolivia, fue derribado por un golpe de Estado, por un golpe popular. El se fue de La Paz con su séquito, con sus ministros, con sus generales y cuando pasó por la casa de unos campesinos que tenían un burro y el hombre era más o menos de su contextura, él le dijo a su gente: Sigan que yo me quedo aquí porque tengo que hablar con este campesino. El le dijo al campesino: Yo soy el General Melgarejo. Y el campesino no se murió de casualidad, le dio un ataque. Déme su ropa, déme su burro. Y el general Melgarejo le dio unos reales y regresó a La Paz.

Entró a La Paz, pasó por la multitud que estaba gritando frente al palacio: ¡Abajo Melgarejo! ¡Muera Melgarejo! Melgarejo entró con su burro al palacio de gobierno, se metió y subió las escaleras con el burro. La gente que estaba en el palacio decía: Ahí va un campesino revolucionario. Ese es un campesino revolucionario.

Se metió en un cuarto, buscó en el escaparate y muy tranquilamente se vistió de general. Salió al balcón y le dijo a aquella masa que le estaba gritando mueras. ¡Aquí está el General Melgarejo! ¡Viva el General Melgarejo! y gobernó catorce años mas.

Esto lo contó Arturo. Contó ese episodio de la historia boliviana. Yo le dije: ¡Chico! ¿Por que tú nos vas a dormir con esa píldora tan amarga? Porque, esa es la historia. Arturo quería seguir hablando, pero todos nos quedamos callados y al rato el se calló también.

Como a las dos y media o tres de la mañana pasó un avión y fue precisamente Arturo quién dijo: Ahí va un avión y ese avión no es de reconocimiento. Ese es un avión de pasajeros y se siente como muy cargado, parece que le cuesta subir. Ahí como que va ese hijo de puta, ahí como que va Pérez Jiménez. Esas son las palabras textuales de Arturo Uslar Pietri, las oímos todos y podemos dar testimonio.

Vamos a quedarnos callados un rato, dije y todo el mundo me atendió porque había una disciplina casi autómata, nos movíamos incluso como autómatas.

En ese momento oímos allá en la cumbre de las colinas de Propatria un grito casi audible que decía: ¡Viva Venezuela Libre! Esto es importante, dice Arturo. Sí, es muy importante, dijo Oscar Guaramato.

Señores ese gritico puede ser solo, de una sola persona, de una persona aislada. Vamos a esperar a ver si hay otros gritos parecidos, pero en ese momento comenzamos a oír como si un río, como una cascada que bajaba del cerro diciendo: ¡Viva Venezuela Libre! ¡Viva Venezuela Libre!

Alguien dijo: Vamos a pedirle el radio a uno de los presos comunes. Había en la enfermería dos presos comunes a quienes le permitían tener radio. Fuimos corriendo y comenzamos a localizar alguna estación que transmitiera a esa hora. Un momento dado se oyó: Yo soy Fabricio Ojeda, Presidente de la Junta Patriótica, le comunico al pueblo de Venezuela que el dictador Marcos Pérez Jiménez acaba de huir del país. Le ruego a toda la ciudadanía que se quede en sus casas, tranquilos porque todavía hay francotiradores y se pueden producir muertes inútiles y eso sería lamentable. Esperen nuevos comunicados.

En la cárcel ocurrió lo siguiente: inmediatamente Arturo Uslar Pietri y Velutini dijeron: Nosotros vamos a Miraflores.

Tocamos la puerta de hierro de la enfermaría, se abrió una ventanilla pequeña y se vio la cara de un Guardia Nacional. Suéltenos, ya cayó Pérez Jiménez, le dijimos. Sí, ya sé, que ustedes están en libertad. Ya sé que el general Pérez Jiménez se fue. Abra la puerta, gritamos. No, tengo que recibir órdenes superiores. Unicamente pueden salir, por el momento, los doctores Uslar Pietri y Velutini. ¿Y nosotros? Esperen órdenes.

Abrió la puerta y Arturo y Velutini se fueron. Yo fuí y me bañé con agua fría, agua helada y me afeité. Mientras todo el mundo iba saliendo fui a buscar mi Cédula de Identidad. La almohada, la cobija y otras cosas se las regalé a los presos comunes. Me lo agradecieron mucho. Uno me dijo: Si tuviera una morocota se la daría, porque a mí no me traen nada y no tengo familiares. Yo lo que quiero es la muerte. ¿Cuánto tiempo le queda a usted en la prisión?, le pregunté. ¡Ocho años!

En ese momento, cuando yo estaba saliendo, había ido a buscar en los archivos toda mi documentación, había muchos militares presos, entre esos estaban los dos tarzanes, le decían: Mira Cara e' Chivo, aquí está tú casco, tú ametralladora.

Aquello era la alegría más grande del mundo. Nadie se puede imaginar la alegría que había en la cárcel, en las calles, en todas partes. Bueno salieron todos. Yo salí de la cárcel. La cárcel Modelo tenía una puerta de hierro donde había dos Guardias Nacionales con ametralladoras y me dicen: Usted está en libertad. Salgo y cierran la puerta detrás de mí y yo me quedo en la calle.

Había una cantidad de automóviles, de rascados, entusiasmo, alegría. Los retratos de Pérez Jiménez los llevaban boca abajo. Había banderas de Venezuela sobre los automóviles. Unas muchachas iban sobre las capotas de los carros. La alegría más grande que se haya visto en Venezuela. Pasaba la gente bebiendo ron, otros bebiendo champaña, otros bebiendo whisky, otros bebiendo caña, cerveza. Yo les gritaba: ¡Párate! y no se paraba nadie. Por fin se paró un carro y me dice: ¿Por qué nos paran? Ah, porque yo estoy saliendo de la cárcel. Esta es la cárcel Modelo. ¿Y por qué tú estás afeitadito? Bueno, porque yo me afeité antes de salir. Tú crees que un preso tiene que salir barbudo. ¿Como te llamas tú? Vicente Gerbasi. Sí, sí a ese lo nombraban como preso, dijo uno de los que estaba dentro del carro. ¿Adonde va usted? A San Martín. Súbase, y me dieron un palo de ron doble.

Llegué a San Martín. Me dejaron cerca de la Maternidad Concepción Palacios. Todavía había francotiradores en el Bloque Uno. Llegué a mí casa estaba Gonzalo solito. Llegaron los vecinos, Aída Cometa Manzoni la esposa del Negro Herrera que vivían en la Planta Baja. Unos luchadores y Guillermo Austria que también vivían ahí. Consuelo, Beatriz y Fernando estaban en la calle festejando. Los muchachos de San Martín habían envuelto a Beatriz con una bandera de Venezuela y se fueron manifestando hacia El Nacional, donde creían que yo me dirigiría.

A mí me recibieron con banderas, whisky. ¿Tú sabes lo que significa deshacerse de una tiranía de diez años? Cada quien es la síntesis del pueblo entero. Que uno se deshaga de una tiranía tan terrible como esas y que uno comience a llevar una vida distinta, la vida de la libertad, la vida de los partidos políticos, de la democracia. Uno tiene que odiar todo lo que huela a tiranía, de cualquier color que sea. Porque yo soporté a Gómez que era lo más primitivo que había en el mundo. Después toda una dictadura moderna, fascista, con todos los métodos nazis, franquista y entonces ocurre que uno tiene que estar alegre. Ese día nos alegramos tranquilamente. Todos los amigos fueron a mi casa.

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