viernes, 12 de septiembre de 2014

Isidro Toro: El Falke y una carta de Andrés Eloy Blanco a la hermana del general Pedro Elías Aristigüieta

La expedición del Falke es uno de los episodios importantes en las luchas contra el régimen de Juan Vicente Gómez. El general Pedro Elías Aristigüieta toma la ciudad de Cumaná (estado Sucre, Venezuela) y es capturado por las fuerzas leales al gobierno, falleciendo durante su traslado a la ciudad de Carúpano. Al enterarse de la muerte, el poeta Andrés Eloy Blanco le envía una sentida carta a la hermana del prócer sucrense.
Luis Rafael Pimentel Agostini conjuntamente con el general Pedro Elías Aristigüieta, dirigen el ataque a Cumaná bajo la dirección del general Román Delgado Chalbaud en lo que se conoce como la expedición del Falke. Aristigüieta fue uno de los líderes quienes intentaron derrocar la dictadura de Juan Vicente Gómez.
Pedro Elías Aristigüieta, nace en Cumaná en 1885, hijo de Fernando Aristigüieta Sucre, descendiente del Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre y de Ana Rojas Guerra. Miembro de la expedición del Falke -por el nombre original del buque que trasladó a los invasores y al cual habían cambiado llamándolo General Anzoátegui-, en 1929. Junto a Luis Rafael Pimentel Agostini se encarga del ataque por vía terrestre a Cumaná, sin lograr coordinar su acción con el desembarco de las fuerzas dirigidas por Delgado Chalbaud, quienes en la madrugada del 11 de agosto de 1929, inician el ataque a la guarnición. Se rompen los fuegos y a poco, al enfrentarse Delgado Chalbaud y Emilio Fernández, Presidente del estado Sucre y líder de las fuerzas gubernamentales, en el Puente Guzmán Blanco, mueren ambos, al igual que Zuloaga Blanco y otros oficiales.
Aristigüieta toma la ciudad de Cumaná dos días después (13 de Agosto) y se ve forzado por las tropas oficialistas, que llegan desde Barcelona y Maracay, a retirarse hacia el pueblo de Santa Ana de El Pilar, llamado Santa Ana Arriba. En este sitio, ubicado entre los límites del Municipio Andrés Mata y el Municipio Bermúdez, ocurriría una batalla que sería recordada por los habitantes de esta población con el nombre de la sangrienta. Se ha de resaltar que por primera vez en la historia militar de Venezuela actúa la recién creada Fuerza Aérea Venezolana, aunque sólo se trató de simple ejercicio de reconocimiento.
Un día antes de la batalla, llega un grupo de revolucionarios para tantear el terreno y en la noche, se apersonan los líderes de la invasión a Cumaná, entre ellos Pedro Elías Aristigüieta. Al amanecer, mandaron a comprar unas bestias para agilizar el desplazamiento de la tropa. Cuando los encargados de este cometido regresaban con los animales, se encuentran con las tropas del gobierno y ocurre el primer enfrentamiento. Al escuchar la cercanía de los disparos, los revolucionarios salen al encuentro, iniciándose la batalla que duró desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde.
Herido de gravedad durante los combates, Aristigüieta es capturado junto a otros revolucionarios a quienes trasladan a El Pilar, dando fin a los planes de pasar a Carúpano, donde lo esperaba un barco para llevarlo a Caracas. Pedro Elías Aristigüieta fallece en el viaje a Carúpano el 27 de Agosto.
Andrés Eloy Blanco, purgaba condena en el Castillo de Puerto Cabello. Al enterarse del fallecimiento de Pedro Elías Aristigüieta, dirige la siguiente carta a María Josefa Aristigüieta, hermana del prócer fallecido. A continuación el texto de la misma.
“Castillo de Puerto Cabello, 16 de febrero de 1931.
Hermanita querida:
La oportunidad que me da el querido Petronio para hacerte llegar ésta, llena un anhelo intensísimo de mi corazón. Mentira parece que haga más de un año de aquel golpe que al igual se sintió allá y aquí, como esos golpes que se dan a los árboles y todo: tronco, ramas, nido, todo se sacude… Y después, después que la verdad roja se confirmó, cuando ya no teníamos ni el refugio de la duda, entonces de manera santa, silenciosa, como a gotas caídas en mi corazón, me fue creciendo un pensamiento, una convicción que parecía haber brotado de la mano de Dios, la fuente misma de los consuelos; esa idea se apoderó de mí de tal manera, que hoy sale de mis labios con la sencillez de esas aves domésticas que no se ven salir: Pedro Elías tenía que morir. ¡Ah, qué espantosa, pero que luminosa verdad, arraigada en la conciencia de su selección! ¡Qué dura, qué gloriosa elección! ¡Por qué radiante evidencia! ¿Quién, si no era él, iba a morir? ¿Quién, entre todos los soldados de la falange, tenía en el alma aquel rebosante amor que se le vendía por las palabras? ¿Quién tenía en las manos aquella pureza que es el manjar de la muerte?
Su revolución era la revolución en el sentido apostólico; su ostracismo no le dio ni un odio; su desembarco fue un paso de Tiberiades; su caída fue su bien morir sobre la tierra soñada… Y entre todos, ¿quién debía ser el que borrara los pecados del mundo, los horrendos pecados de esta tierra? ¿Qué recental había que sacrificar para la redención de esta conciencia nacional adúltera al terror desenfrenado?… ¡Buenos ojos tiene Dios, sabe ver! ¡No podía equivocarse! Las revoluciones que se asientan sobre la sangre del inocente no son nunca vencidas. Tu cordero embistió con fuerza. Tuvo para el ataque la bravura del toro, pero él sabía bien que, fuera del armado testuz, todo lo demás era cordero. Yo lo veo así, predestinado. ¿Pedro Elías vencedor? ¿Pedro Elías jefe? ¿Pedro Elías hombre entre los hombres, mirando con ojos cansados el botín de los asaltos? No, no. Pedro Elías era la derivación de esa célula divina que llevan los pueblos en el alma; era la intuición misma del sacrificio, doblado en sonrisa como flor de ofrecimiento sobre los labios que dijeron la palabra del pueblo. “¡Qué buen maestro para esa idea!”, diría Dios. “¡Qué buena idea para tal muerte!”, diría el mismo Dios cuando su voluntad se baja a la Victoria. ¡Yo le pido a ese Dios que me dé vida para que mi palabra sea la que salude un día en Cumaná el mármol que lo consagre, menos blanco que el vellón de su alma! ¡Qué vuelos de palomas, qué de blancos en el azul de ese día en que aparezca la figura de tu cordero, trasegado en cristalina proyección histórica de la blancura de Sucre para dar aquella tierra en el templo de la dignidad venezolana capitalidad evangélica!
Juan de Dios, Antonio, José, Luis, Angarita, todos te recuerdan con el más profundo amor. Tu nombre es la comunión de los presos. La gran fuerza de tu dolor está en nosotros, dolor que vigoriza el paso de la justicia, que es casta pero temible como el agua de las espadas que montan la guardia de tu cordero.
Tu hermano, Andrés Eloy Blanco
.”

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